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Jean-Marc Bustamante


Define el punto de partida de su proceso creativo como “un instante en el que se siente con él mismo”. Sea cual sea el punto geográfico sobre el que giran sus imágenes, sea Japón, España o Suiza, prácticamente no tiene importancia en su trabajo. Lo que le interesa es la imagen que lleva dentro suyo, sometida al cambio de la misma manera que él evoluciona. Esta apuesta que hace el artista de sí mismo hace de su trabajo una compleja mirada instrospectiva, en muchos casos, convertida en objetos herméticos de silencio y densos en información. En auténticos objetos de pensamiento.

Es por este motivo que el trabajo de Jean-Marc Bustamante es leído habitualmente bajo nociones com el distanciamento, la frialdad intelectual o la mediatización de lo emocional. Detrás de las formas de sus imágenes en realidad lo que se esconde son ideas y investigaciones estéticas. Un esquema circular como una forma vaga de suspenso donde la investigación conduce al punto de partida de un “misterio”, cuando precisamente este “misterio” se ha disipado en el recorrido. Como la literatura de Joyce, Proust, Kafka o Pavese o el cine de Bresson o Antonioni, sus imágenes son desnarrativas, en la medida en que evitan fáciles implicaciones causales, circulan en un espacio dilatado, digresivo, recorren a ejercicios de pensamiento mediante el monólogo interior o se aposentan sobre la deriva del sentido como una manera de expresar un giro dramático en la percepción del mundo. Una narrativa basada en una lógica contingente antes que casual que corre el riesgo, en muchas ocasiones, de parecer poco clara, pero el desafío ofrecido del enigma insta al espectador a participar más activamente en el proceso de interpretación.

Ya en los años ochenta, en su colaboración con Bernard Bazile bajo el nombre de BAZILBUSTAMANTE, trabajó sobre las convenciones del arte y su exposición produciendo objetos variados y heterogéneos con materiales procedentes del mundo cotidiano y del arte donde el único compromiso ya estaba en el reconocimiento de la visión, la contemplación y en el carácter ilusorio de la imagen.

Todo el trabajo de Jean-Marc Bustamante es pues, una “mise en paysage”. Un espacio geometrizado, de perfiles precisos, de localizaciones transitorias y moral y psicológicamente indefinidas. Un espacio que toma el paisaje como un paradigma y que es visto como un intersticio, como la expresión de un estado determinado, como un “tableaux”. En definitiva, un “espacio cualquiera” (en la línea de las formulaciones de Gilles Deleuze y la antropología de Marc Augé sobre los “non lieux” o en analogía con las heterotopías de Foucault como espacios de desviación liberados de cualquier función referencial) convirtiendo en “imago mundi”. Es ésta, la elaboración de una imagen del mundo, uno de los temas principales del trabajo de este artista que declara hacer fotografías por ser ésta la manera más simple y inmediata de captarla. Las diversas series de trabajos que integran su producción, desde los Tableuax, Panoramas o Lumiéres, entre otros, son al fin y al cabo, imágenes instantáneas ralentizadas que registran situaciones tomadas en una metamorfosis constante. Zonas intermedias en las que se unen dos fuerzas: una que aún procura unir los acontecimientos, por articular de alguna manera un relato; la otra que selecciona y se distiende en el tiempo para captar su eco, sus ondas excéntricas. Seguramente es por ésto, que sus imágenes hablan más de ambientes que de lugares y hacen de la imagen, ya sea fotográfica, pictórica o escultórica, una adivinanza óptica.

Bea Espejo

 


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